Interior del Gran Salón del Conservatorio de Moscú, escenario y platea, fotografía de 2024

La Orquesta Estatal de Rusia, noventa años de sonido

El 5 de octubre de 1936 el Gran Salón del Conservatorio de Moscú abrió temporada con una orquesta que todavía no tenía pasado. Se llamaba Orquesta Sinfónica Estatal de la URSS: un cuerpo grande de cuerdas, vientos y percusión, pensado para el concierto sinfónico de la capital. No fue un ensayo a puerta cerrada. La crónica musical de la época habla de un público que llenó la sala. En el podio, el austriaco Erich Kleiber empezaba un ciclo dedicado a Beethoven con la Sinfonía n.º 1 y la n.º 3, la Heroica. Noventa años después, en 2026, el conjunto se llama Orquesta Estatal Académica de Rusia «Yevgueni Svetlánov». El apellido del membrete no es el de aquella noche.

Kleiber en el podio, Gauk en el cargo

Las fuentes de la temporada, recogidas ya por la prensa musical de 1936, sitúan a Kleiber al frente de ese Beethoven. Junto a su nombre aparece el de Aleksandr Gauk. El cargo de primer titular, de 1936 a 1941, sí fue suyo; la velada del estreno, en esas mismas fuentes, la dirige Kleiber. Gauk fijó enseguida el primer perfil del conjunto: disciplina de ensayo, repertorio clásico y romántico, una presencia estable en la vida de conciertos de Moscú. Otras batutas marcaron etapas después. La que el nombre actual recuerda es la de Svetlánov, director, pianista y compositor: durante mucho tiempo, el rostro del conjunto en las salas de Moscú y en las giras. Su etapa al frente es posterior a la noche de Kleiber. Por eso el homenaje de 2005 nombra a quien hizo reconocible el sonido, no a quien presentó a la orquesta.

Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich a su llegada a Ámsterdam en 1967
Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich, Ámsterdam, 1967. Foto: Eric Koch / Anefo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0 NL.

El sonido que heredó el apellido

Svetlánov estuvo al frente durante décadas y dejó una huella reconocible en Chaikovski, en Rajmáninov y en los grandes ciclos sinfónicos: cuerdas densas, vientos con carácter, una manera de respirar el fraseo romántico. En 2005 la orquesta recibió oficialmente su nombre, un homenaje y no una fundación. El título de académica le había sido concedido años antes, como reconocimiento de una trayectoria larga. Eso explica el membrete. No explica el sonido.

Una orquesta se transmite de atril en atril, y noventa años no caben en una placa. El hilo que une la Heroica de Kleiber —la noche quedó anotada en 1936, entre otras crónicas, por la revista Sovétskaya múzyka— con los programas de ahora es la sala, el público y ese cuerpo sonoro, no el decreto que puso un apellido en la puerta. El nombre de Svetlánov se justifica solo si, al volver a aquella Heroica o a Chaikovski, se oye un conjunto y no un membrete.

Camino cubierto de hojas caídas entre abedules amarillos en un bosque de otoño

Lístopadnaia: cuando el otoño ruso lee el invierno en las hojas

El 5 de octubre se miraba el abedul. Si el árbol conservaba todavía la hoja, se esperaba una nieve tardía. Esa mitad del dicho es la que más repiten las notas del calendario popular. Alekséi Kononenko, en su Enciclopedia de la cultura, la escritura y la mitología eslavas, anota también la otra: hoja ya en el suelo, invierno con deshielo. No es un parte del tiempo. Es el idioma con que el campo creía leer la estación que empezaba.

Al día lo llaman Lístopadnaia, y también día de Jonás y Focas. Por el calendario juliano cae el 22 de septiembre. El santoral presta dos nombres; la palabra que se quedó viene de la caída de la hoja. También le decían listoder, porque la racha no acaricia la copa: la desnuda. En las recopilaciones se dice que Jonás «echa las hojas de los árboles y acerca el invierno». Lístopadnaia era, para quien miraba el campo, el umbral de la otoñada seria.

Abedul plateado con hojas de otoño en un campo cerca de Sarátov, Rusia
Abedul plateado en otoño, cerca de Sarátov (Rusia). Fotografía de Le.Loup.Gris. Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0.

Dos santos y una palabra de bosque

El profeta Jonás y Focas sirven de percha. El habla campesina les coloca encima un nombre de estación, y el resultado deja de ser un oficio de iglesia. Quien hojea octubre en ese calendario encuentra días llenos de dichos sueltos, a veces un manjar, a veces una prohibición. En este, el centro visible es uno solo: la hoja que se va. Por eso el nombre no anuncia una homilía. Anuncia el gesto del bosque cuando empieza a soltar lo que ya no sostiene. Listoder, el otro nombre del día, no designa a otro santo: nombra ese mismo viento, el que desnuda la copa en vez de mecerla.

Las fuentes no pesan igual, y no hay por qué igualarlas. La hoja aún en las ramas, y la nieve que tarda, es la fórmula que más circula. El deshielo ligado al árbol ya desnudo está, sobre todo, en Kononenko. Las dos lecturas caben en el mismo 5 de octubre. No son la misma frase dicha por todos.

Lo que decide el abedul

Era una manera de reconocer la otoñada, no una ley del clima. Dicho así, el otoño se volvía legible. Lo que queda, fuera de la superstición vestida de ciencia, es un hábito de atención: mirar la hoja para nombrar el invierno antes de verlo. El abedul de la fotografía, cerca de Sarátov, no prueba el dicho. Enseña el árbol del que el dicho habla. Lístopadnaia no anuncia el tiempo que va a hacer en Rusia. Mide hasta dónde aquel calendario fiaba el año a una copa. Vestida, el frío espera. Desnuda, el invierno ya no viene entero.

Plantas altas destruidas de la Casa Blanca de Moscú tras el asalto de octubre de 1993

La Casa Blanca de Moscú, 4 de octubre de 1993

El 4 de octubre de 1993, tanques del ejército disparaban contra las plantas altas de la Casa Blanca de Moscú. De allí salía humo. Dentro estaban Ruslán Jasbulátov, presidente del Soviet Supremo, y Aleksandr Rutskói, el vicepresidente a quien esa cámara había juramentado presidente en funciones. La orden de disparar era de Borís Yeltsin.

El conflicto venía del decreto 1400, de dos semanas antes, que disolvía el Congreso de los Diputados del Pueblo y el Soviet Supremo. El Tribunal Constitucional lo declaró contrario a la Constitución vigente. El Parlamento destituyó a Yeltsin y se encerró en su sede. El 3 de octubre sus partidarios rompieron el cerco y hubo tiroteos en el centro de televisión de Ostánkino. Nada de eso cambia el hecho del día siguiente: un presidente resolvió un pleito constitucional haciendo fuego contra el parlamento.

Jasbulátov y Rutskói salieron detenidos. El recuento oficial de muertos superó el centenar. En diciembre, un referéndum aprobó la Constitución que deja el poder en la presidencia. Esa ley no se discutió en una cámara. Se escribió después de haberla bombardeado.

Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos

Sputnik 1: el satélite que cambió el cielo en 1957

A las 19:28 UTC del 4 de octubre de 1957 —en el polígono de Tyuratam ya era día 5— una esfera de aluminio pulido entró en órbita y empezó a decir «bip-bip». Dentro, bajo nitrógeno, iban baterías, un sistema de regulación térmica y dos transmisores. Nada más. En la oficina de Serguéi Koroliov el artefacto se llamaba PS-1, Prostéishiy Sputnik: el satélite más simple. Fuera, el nombre que se quedó fue Sputnik 1.

Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos
Réplica de Sputnik 1 en el National Museum of the U.S. Air Force. Foto: U.S. Air Force (dominio público).

En ruso, sputnik ya quería decir satélite: el compañero que viaja al lado de otro cuerpo. Después de aquella noche la palabra se fue a otras lenguas y pasó a nombrar cualquier cosa que irrumpe y obliga a mirar arriba. La señal, en 20,005 y 40,002 megahercios, eran pulsos alternados. La oyeron radioaficionados con receptores modestos, y periódicos y escuelas siguieron el paso del satélite con la misma facilidad. Más de la mitad de los 83,6 kilos eran baterías. El diámetro, 58 centímetros: dos hemisferios y cuatro antenas de varilla, de unos 2,4 a 2,9 metros, abiertas como bigotes. El satélite lo proyectó Mijaíl Jomiakov; el cohete fue un R-7 de la oficina de diseño OKB-1, la de Koroliov. El despegue sigue anclado a Tyuratam, en Kazajistán, el polígono que luego se llamaría Baikonur.

Una esfera para un museo

Koroliov quería, se cuenta, que aquella bola brillara lo bastante como para acabar en un museo. No es un dato de telemetría. Es la anécdota que explica el pulido mejor que un catálogo. La órbita inicial era baja y elíptica, del orden de 215–223 por 940–950 kilómetros, con una inclinación de unos 65,1 grados y un periodo cercano a los 96 minutos. Las baterías se agotaron hacia el 26 de octubre de 1957. El cuerpo siguió en silencio hasta reentrar y desintegrarse el 4 de enero de 1958, tras unas mil cuatrocientas vueltas.

Mientras sonó, midió. El arrastre orbital permitió estimar la densidad de la alta atmósfera; la propagación de la señal dio pistas sobre la ionosfera. Todo ello dentro del Año Geofísico Internacional (1957-1958), cuando una órbita artificial era todavía una herramienta nueva. Las cifras de masa y diámetro figuran de forma coherente en la documentación histórica de la NASA y en los catálogos de satélites.

Réplica de Sputnik 1, esfera pulida con cuatro antenas largas, Museo Nacional del Aire y el Espacio
Réplica de Sputnik 1 en el National Air and Space Museum. Foto: NSSDC / NASA (dominio público).

Lo que queda del primer bip

No hizo falta una cápsula tripulada. Bastó un objeto pequeño, sencillo y ruidoso, pensado —si la anécdota se sostiene— para dejarse ver. Las réplicas de museo cumplen hoy ese brillo mejor que el original, que ya no está. Sputnik 1 importa por lo poco que llevaba encima. El primer compañero que el ser humano puso en el cielo no fue una nave: fue una esfera de 58 centímetros que habló tres semanas y se quemó el 4 de enero. El museo, al final, se quedó con las copias.

Retrato fotográfico del poeta ruso Serguéi Yesenin, hacia principios de la década de 1920

Serguéi Yesenin: el poeta del campo ruso

Los sábados, en Konstantinovo, la abuela le peinaba. Caballos, río, peleas de muchachos: Serguéi Yesenin pasó buena parte de la infancia con los abuelos maternos, y esa casa pesa más en los versos que el resto de la biografía. Nació en la aldea el 21 de septiembre de 1895 por el calendario juliano, todavía el del Imperio; el gregoriano anota el 3 de octubre. La doble fecha no es una nota a pie. Es el sitio de un poeta que vivió entre el pueblo y la ciudad, entre el campo de madera y un siglo que ya no esperaba.

Retrato fotográfico del poeta ruso Serguéi Yesenin, hacia principios de la década de 1920
Serguéi Yesenin. Fotografía anterior a 1925 (Wikimedia Commons, dominio público).

Se llamó a sí mismo, con orgullo y con melancolía, «el último poeta de la aldea». La Rusia de madera queda al lado, como imagen —abedules, caminos de tierra, campanarios—, no como lema. Konstantinovo era una aldea campesina del uyezd de Riazán, el distrito de entonces, hoy provincia. Esa geografía atraviesa la poesía como paisaje interior, no como postal.

Moscú no borró el pueblo

Estudió en la escuela del zemstvo, el autogobierno rural, en Konstantinovo, y luego en Spas-Klepiki. Hacia 1910 escribía ya de forma sostenida. En 1912 se trasladó a Moscú, entró en una imprenta y en los círculos literarios. El salto no anuló la aldea: la convirtió en mito personal. Entre 1915 y 1916 llegó a Petrogrado, trató a Aleksandr Blok y publicó Radunitsa (1916). El título nombra un día de recuerdo de los muertos. En ese primer libro están los motivos que luego no se le van: iconos, cigüeñas en las chimeneas, el cielo como un pañuelo azul sobre los abedules.

Al final de los años diez y al principio de los veinte hubo afinidad con la nueva poesía campesina y, un tiempo, con el imaginismo. Lo que permanece al leer es la despedida: un yo que se aparta del campo como quien se aparta de la infancia, sabiendo que el regreso ya no será el mismo. La ciudad en transformación no le dio un lugar estable. Esa tensión —arraigo y exilio interior— se oye sin antología. Muchas traducciones largas siguen, además, bajo derechos, y el clima del verso basta.

Fotografía de Serguéi Yesenin en Moscú, alrededor de 1922
Serguéi Yesenin hacia 1922. Wikimedia Commons, dominio público.

Vagánkovo

El 28 de diciembre de 1925 murió en Leningrado. Tenía treinta años. Lo enterraron en el cementerio de Vagánkovo, en Moscú. En su país se le lee y se le recita; hay canciones hechas sobre sus textos, y esa vida oral lo deja cerca del oído común, no solo del estante. Konstantinovo guarda la casa-museo. El paisaje de la provincia de Riazán sigue ahí, al lado de unos versos que ya no describen el mismo pueblo.

Radunitsa lo dice mejor que cualquier aniversario. Un primer libro titulado con el día de los difuntos no es un debut inocente: Yesenin escribe la aldea como algo a lo que ya se vuelve de luto. Su fórmula, «el último poeta de la aldea», es la que cabe. La Rusia de madera se queda en los campanarios, no en la boca del poeta.

Vista peatonal de la calle Arbat en Moscú con farolas y fachadas históricas

Calle Arbat: paseo cultural por el Moscú histórico

A comienzos de 1831, Aleksandr Pushkin y Natalia Goncharova pasaron los primeros meses de casados en el número 53 de la calle Arbat. El apartamento es hoy casa-museo, filial del Museo Estatal A. S. Pushkin. Fuera, el mismo suelo es paseo: farolas, adoquín, retratos, guitarras. El Viejo Arbat —Stary Arbat— corre entre las plazas de Arbatskaya y Smolenskaya. En un extremo, el metro Arbatskaya y el restaurante Praga. En el otro, Smolenskaya, el río y un perfil más nuevo del barrio. Una habitación de poeta y, a la puerta, un escenario.

Fachada de la casa-museo de Pushkin en la calle Arbat de Moscú
Casa-museo (apartamento memorial) de A. S. Pushkin en Arbat 53. Foto: Pierre André Leclercq (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

El nombre viene de lejos. Desde al menos el siglo XV designa un eje de mercaderes y artesanos, camino hacia el oeste de la ciudad. Luego fue calle noble, y la literatura de los siglos XVIII y XIX le puso geografía sentimental. En el XX cupieron viviendas compartidas, teatros y cafés: el ritmo de la metrópoli soviética, sin que la calle perdiera del todo su escala antigua. En las décadas de 1970 y 1980 se peatonalizó y se rehízo con farolas, adoquín y fachadas restauradas. A poca distancia, el Nuevo Arbat, avenida de los años sesenta, con torres y coches, hace el contraste a propósito. El viejo se anda. El nuevo se cruza.

Vista peatonal de la calle Arbat en Moscú con farolas y fachadas históricas
Calle Arbat (Старый Арбат), Moscú. Foto: Alex «Florstein» Fedorov (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Del número 53 al muro

En la segunda mitad del siglo XX el Arbat sumó la bohemia. El Teatro Vakhtángov, con su estatua de Turandot, y Bulat Okudzhava, que cantó el barrio como cosa íntima —hay un monumento suyo en el paseo—, fijaron la calle en la canción de autor. Lo que se oye ahora, guitarra y acordeón, sale de ahí, con el exceso de recuerdos para turistas incluido. Cerca conviven otras casas del mismo tipo; entre ellas, la vivienda asociada a Andréi Bely. El Arbat es, también, un archipiélago corto de interiores.

En un callejón próximo, el muro de Tsoi acumula grafitis, flores y el lema Цой жив («Tsoi vive»). El retrato del cantante de Kino está en Víktor Tsoi: la voz de Kino. El muro es una coordenada física de ese mito, clavada en la misma calle donde Pushkin estrenó el matrimonio.

Perspectiva de la calle Arbat antigua con peatones y edificios de colores
Старый Арбат, Moscú, 2008. Foto: Andrew Bossi (Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.5).

No es solo una postal

Se entiende yendo de Arbatskaya a Smolenskaya, despacio, que es el registro de esta calle y no el del Nuevo Arbat. En el 53 el Arbat es un interior de 1831. En el muro de Tsoi es una pintada que sigue recibiendo flores. Okudzhava la cantó entre las dos cosas, y el cierre al tráfico, ya en los ochenta, la dejó en escenario. Es verdadera precisamente por no elegir: mercaderes, un poeta recién casado y un muro de rock sobre el mismo adoquín. Llamarla pintoresca se queda corto. Es el Moscú que se camina al margen de la Plaza Roja, y la tienda de souvenirs no le quita esa memoria: se la pone encima.

Muro de Tsoi en el Arbat de Moscú, cubierto de graffiti en homenaje a Víktor Tsoi y Kino

Víktor Tsoi: la voz de Kino

El 15 de agosto de 1990, Víktor Tsoi iba al volante de su Moskvitch por la carretera de Sloka a Talsi, cerca de Tukums, en Letonia. Chocó con un autobús. Tenía veintiocho años. Detrás quedaban un concierto enorme en el Luzhnikí de Moscú y unas cintas a medio hacer con el guitarrista Yuri Kasparyán. Delante no quedó nada, salvo la voz ya grabada y un eslogan de pared: «Tsoi vive».

Víktor Tsoi actuando en el DK Svyazi de Leningrado en 1986
Víktor Tsoi en el DK Svyazi, Leningrado, 1986 (Wikimedia Commons, CC0).

Había nacido en Leningrado el 21 de junio de 1962, hijo de un ingeniero de origen coreano soviético y de una profesora rusa. Escuela de arte, bajo en grupos de adolescentes, expulsión, y luego el oficio de tallista en madera. Las manos aparecen dos veces en esta vida: en la talla y en la guitarra. Hacia el cambio de década se juntó con Alexéi Rýbin. El grupo se llamó primero Garin i giperboloidy, «Garin y los hiperboloides», por la novela de Alexéi Tolstói; enseguida fueron dos y el nombre pasó a ser Kino, cine. El Leningrad Rock Club los acogió. Borís Grebenshchikov, de Aquarium, empujó las primeras grabaciones caseras. El debut, 45 (1982), circuló en magnitizdat: cinta de mano en mano, no disco de tienda.

La voz seca

El sonido es seco. Post-punk, new wave, riffs limpios, batería marcada, una voz casi hablada, sin adorno. Las letras caben en una imagen: la ciudad de noche, el camino, la espera, el «nosotros» de una generación. Peremen! («¡Cambios!») se volvió himno de muchos oyentes de finales de los ochenta, un anhelo colectivo que no hace falta colgar de un partido. Gruppa krovi («Grupo sanguíneo»), el disco de 1988, disparó la popularidad. Zvezda po imeni Solntse («Una estrella llamada Sol»), de 1989, es la noche. Alrededor quedan Kukushka, Pachka sigaret, Spokoínaya noch, y los discos de en medio —Nachálnik Kamchatki, Eto ne lyubov, Noch—, cuando Kino todavía era underground y Tsoi, en la sala de calderas Kamchatka, trabajaba de fogonero.

Víktor Tsoi en concierto con Kino, Leningrado hacia 1986
Víktor Tsoi con Kino en concierto, Leningrado (c. 1986). Foto: Tim Penn / knackeredhack (Wikimedia Commons, CC BY 2.0).

En Assa (1987), de Serguéi Soloviov, sale como él mismo: el rock entra en el cine soviético de la época sin disfraz. En Igla (La aguja, 1988), de Rashid Nugmánov, es el protagonista. Parte del rodaje y del imaginario visual mira a Almatí, ciudad con la que la familia tenía lazos: su padre nació en Kazajistán. La gabardina, la mirada fija, la economía de gestos: eso es lo que vieron quienes nunca pisaron el Rock Club. Las películas no inventaron a Kino. Le dieron silueta.

Veintiocho años

Lo enterraron en el cementerio Bogoslovskoye de Leningrado. Los compañeros armaron el álbum póstumo, el llamado Álbum negro, con las voces que ya estaban. El lema Цой жив apareció en muros de todo el país. En Moscú, el muro de Tsoi del callejón de Arbat sigue siendo lugar de peregrinación. En San Petersburgo, la antigua sala de calderas donde fue fogonero es club y museo informal de fans.

Tsoi se quedó en el umbral de los treinta, con una voz que pedía cambios y nombraba una estrella. El Moskvitch fija esa vida mejor que una lista de discos: un coche soviético, una carretera letona, un fogonero que había llenado el Luzhnikí. Kino se escucha todavía, también quien no vivió la URSS. Las canciones aguantan sin la gabardina. La gabardina, en cambio, no aguantaría sin las canciones.

Icono ruso de Palekh del siglo XIX que representa la Exaltación de la Santa Cruz

Exaltación de la Cruz: el festivo ortodoxo del 27 de septiembre

En la vigilia, tras la gran doxología, sacan la Cruz del altar y la llevan al centro del templo. Si hay catedral o bendición del obispo, el celebrante la levanta hacia los cuatro puntos cardinales y la gente repite muchas veces «Señor, ten piedad»: Góspodi, pomíluy. Luego la Cruz queda en el analoy, el atril de veneración, para el beso y a menudo para la unción con óleo. Eso es el Vozdvízhenie. La palabra quiere decir elevación. No se representa un hallazgo: se muestra la Cruz.

Icono ruso de Palekh del siglo XIX que representa la Exaltación de la Santa Cruz
Exaltación de la Cruz. Icono de Palekh, siglo XIX (Wikimedia Commons, dominio público).

La Iglesia ortodoxa rusa lo celebra el 14 de septiembre del calendario juliano, que en el civil cae el 27. El desfase con el gregoriano es de trece días y seguirá así hasta 2100. El nombre largo es Exaltación de la Cruz honrada y vivificante del Señor; en ruso, Vozdvízhenie Krestá Gospodnia, y en el habla antigua se acortaba a Zdvizhénie. Es uno de los doce grandes festivos —los dvunadesiátye—, festivo del Señor, fijo, que no se mueve con la Pascua. Y es el único de esos doce que pide ayuno estricto el mismo día: sin carne, sin lácteos, sin huevos, sin pescado. El aceite vegetal suele admitirse. En 2026 el 27 de septiembre cayó en domingo, y el ayuno no se levantó por eso. La prefiesta es el 26; la postfiesta llega hasta el otdanie, la despedida del festivo, el 4 de octubre. Mientras dura, la Cruz sigue en el atril.

Lo que Eusebio no escribió

La fecha mira a Jerusalén. El 13 de septiembre de 335 se consagraron las iglesias del Santo Sepulcro; al día siguiente se fijó la conmemoración. El año nuevo eclesiástico —el nóvoletie, o indicta— empieza el 1 de septiembre juliano, el 14 civil, y la Cruz llega en esas primeras semanas, junto al Nacimiento de la Madre de Dios. La narrativa del culto sitúa hacia 326 a santa Elena, madre de Constantino, ante tres cruces halladas junto al Gólgota. La verdadera se habría reconocido por un milagro —una enferma, o un muerto, que revivió al contacto— y el patriarca Macario la habría alzado mientras se cantaba «Señor, ten piedad». También se recuerda la restitución de la reliquia bajo Heraclio, hacia 628-630, después del saqueo persa de 614.

Eusebio de Cesarea, en la Vida de Constantino, describe la limpieza del lugar y la iglesia. No menciona el hallazgo de la Cruz. El viaje de Elena y las obras constantinianas, Santo Sepulcro incluido, están bien atestiguados; la reliquia, no en ese libro. Las primeras alusiones aparecen hacia mediados del siglo IV, en Cirilo de Jerusalén. El relato completo, con Elena y el milagro, cuaja a finales de ese siglo y en historiadores del V. La autenticidad material de la Vera Cruz no se demuestra: es materia de fe y de culto. Lo que sí queda documentado es la veneración ya ritual en Jerusalén en los años 380, en el diario de Egeria. El rito de ahora no prueba la excavación. Repite un gesto: mostrar la Cruz a toda la asamblea, el que la tradición atribuye a Macario.

Del icono a Tyumen

Fachada de la iglesia Krestovozdvizhenskiy en Tyumen, barroco siberiano
Templo de la Exaltación de la Cruz en Tyumen. Foto: Yliya Medvedeva (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

En el icono, el patriarca está sobre un ambo de escalones, la Cruz en alto; a menudo aparecen Elena y Constantino, y el fondo sugiere el Santo Sepulcro. El tema entra con fuerza en la fila festiva del iconostasio ruso entre los siglos XV y XVI. El tropario pide «Salva, Señor, a tu pueblo»; en la Liturgia, el Trisagio cede a menudo el paso a «Ante tu Cruz nos postramos, Señor». Hay templos enteros con esta advocación. El de Tyumen, barroco siberiano del siglo XVIII, enseña hasta dónde viajó el título.

La etnografía anota, con cautela, el nombre Zdvizhénie y los días rurales de preparar la col: temporada, no dogma. Lo sólido es la visita al templo, el ayuno y la veneración hasta el 4 de octubre. Un gran festivo que pide hambre, y una elevación que la liturgia repite aunque el historiador de Constantino no escribiera el hallazgo. El icono de Palekh y la fachada de Tyumen no prueban el siglo IV. Enseñan a una Iglesia que, cada 27 de septiembre, prefiere alzar la Cruz.

30 años de la disolución de la URSS

Hace 30 años, el 25 de diciembre de 1991, Mikhail Gorbachov pronunciaba un breve discurso televisado, de apenas minuto y medio, en el que renunciaba a su cargo de Presidente de la Unión Soviética.

Apenas media hora después, la bandera de la URSS se arriaba en el Kremlin por última vez.

Esta semana, emitía en el programa Documentos TV un documental sobre la figura de Gorbachov desde una perspectiva más humana que política. Este documental está disponible en la web de RTVE hasta el 20 de enero de 2022.

https://www.rtve.es/play/videos/documentos-tv/gorbachov/6254803/

RTVE Play — Documentos TV

Existen dos versiones de este documental del cineasta Vitaly Mansky, una de 57 minutos, que es la que se emitió en el programa Documentos TV y otra de 100 minutos, que seguro que no se hace tan corta.