Un chico con jersey de lana y un reproductor de CD en el bolsillo baja de un tren en San Petersburgo. Acaba de terminar el servicio militar y viene de una ciudad de provincias a buscar a su hermano mayor, que según su madre se ha hecho un hombre importante. Busca también un disco: Krylia, de Nautilus Pompilius. Así empieza Brat (Hermano), la película que Alekséi Balabánov estrenó en 1997 y que acabó convirtiéndose en el retrato de una década.
El chico es Danila Bagrov, interpretado por Serguéi Bodrov hijo. El hermano, Víktor, al que da vida Víktor Sujorúkov, resulta ser un asesino a sueldo al servicio de una banda. Danila no tarda en ocupar su lugar, con una calma que da más miedo que cualquier tiroteo.

Una ciudad sin decorado
Brat se rodó con muy poco dinero y en la calle. No hay platós ni grandes avenidas iluminadas: hay patios interiores, escaleras sucias, mercados, un tranvía y un cementerio luterano donde viven los sin techo. El San Petersburgo de los noventa aparece como una ciudad imperial que se ha quedado sin dueño, con los palacios al fondo y los negocios turbios delante.
Esa pobreza de medios es parte de su fuerza. La cámara no embellece nada, y el espectador ruso de 1997 reconocía cada rincón: el quiosco, la cazadora de cuero, el Mercedes de segunda mano, la fiesta en un piso con música electrónica. Era su vida de entonces, filmada sin sermón y casi sin comentario.
El rock como brújula
Danila apenas habla, pero escucha. Lleva siempre encima a Nautilus Pompilius, el grupo de Viacheslav Bútusov, y sus canciones atraviesan la película como un monólogo interior. Ya en la primera escena, en su ciudad, se mete sin querer en el rodaje de un videoclip del grupo y acaba a golpes con un guarda. Y el disco Krylia, el que busca en cada tienda, no llega a encontrarlo. El rock ruso, el mismo que en Leningrado había tenido en Víktor Tsoi su voz más reconocible, es aquí lo único en lo que el protagonista cree sin reservas.

Alrededor de Danila gira una pequeña galería de supervivientes: Sveta, conductora de un tranvía de mercancías, que lo esconde cuando huye herido y vive atrapada en un matrimonio violento; Kat, una chica de fiestas y drogas; y Hoffmann, al que llaman el Alemán, un ruso de origen alemán con amigos sin techo en el cementerio luterano, que le cura las heridas y es el único que le habla con algo parecido a la sabiduría. Ninguno sale bien parado. La ciudad no reparte finales felices.
Un héroe que no lo es
La película se presentó en Cannes en 1997, en la sección Un Certain Regard, y en Rusia se convirtió en un fenómeno que se pasaba de mano en mano en cintas de vídeo. Danila era el justiciero que la década parecía pedir: honrado a su manera, leal con los débiles, rápido con el arma. El público lo adoptó, y en 2000 llegó Brat 2, más ruidosa, más patriótica y rodada entre Moscú y Chicago.
Pero el primer Danila es más inquietante de lo que la leyenda recuerda. Mata sin pestañear, suelta comentarios xenófobos con la misma tranquilidad con la que pide un disco y nunca duda de sí mismo. Balabánov no lo juzga en voz alta, y esa ambigüedad es la que todavía divide a quienes la ven. Bodrov, que le dio su cara amable, murió en septiembre de 2002 en el alud del desfiladero de Karmadón, en Osetia del Norte, mientras rodaba su propia película.
Casi treinta años después, Brat sigue siendo la mejor puerta de entrada a la Rusia de los noventa, precisamente porque no la explica. Enseña una ciudad y un chico, y deja que el espectador saque sus conclusiones. Es cine pequeño, áspero y sin moraleja, y por eso ha envejecido mejor que casi todo lo que se rodó en aquellos años.























