Iglesia de la Transfiguración de Kizhi, con sus cúpulas de tejuela de álamo, vista desde el camino de la isla

Kizhi: veintidós cúpulas de álamo sobre el Onega

El barco salta sobre el Onega durante una hora y media larga y, cuando por fin dobla la punta sur de la isla, aparece de golpe: una montaña de madera gris con veintidós cúpulas que se superponen como escamas. No hay transición. El pasajero que va en cubierta mira el agua y, un segundo después, mira hacia arriba.

Esto es Kizhi, a unos sesenta kilómetros al noreste de Petrozavodsk, en la Carelia rusa. Un recinto de dos iglesias y un campanario de madera que la UNESCO inscribió en 1990 y que sigue siendo la mejor respuesta a quien cree que la arquitectura monumental necesita piedra. Es la iglesia de Kizhi lo que la gente viene a ver, y no decepciona.

Los números que importan

La iglesia de la Transfiguración se levantó en 1714. La fecha no es una estimación: el altar se colocó el 6 de junio de ese año y así consta en la cruz que hay dentro. Mide 37 metros hasta la punta de la cúpula central, tiene veintidós cúpulas y está montada sobre un armazón octogonal de troncos de pino de unos treinta centímetros de diámetro.

Las cúpulas no son de metal. Están cubiertas de tejuelas de álamo temblón cortadas a mano, que con el tiempo se oxidan a un gris plateado y cambian de tono según la luz. El interior está sin calentar y, por eso, la llaman iglesia de verano: durante siglos solo se ofició allí en la estación cálida.

La leyenda del maestro Néstor

La tradición dice que el carpintero que la levantó, un tal Néstor, terminó el trabajo, subió a la cúpula más alta y lanzó su hacha al lago. Lo que quería decir era que no habría otra igual. También se repite que la iglesia se construyó sin un solo clavo. La parte del hacha es leyenda; la del clavo merece un matiz, porque las tejuelas se sujetan con piezas metálicas pequeñas. Lo que sí se sostiene sin discusión es lo asombroso: miles de troncos traídos desde el continente, encajados sin planos ni hierro estructural, en un lugar al que todo llegaba en barco.

Cuarenta años de andamios

La madera envejece y se deforma. En 1980 los especialistas declararon la iglesia en mal estado y empezó una discusión que duró dos décadas: desmontarla o sujetarla por dentro. Ganó lo segundo. Desde 2011 se introdujo un esqueleto metálico que sostiene la estructura mientras se sustituyen las piezas dañadas, sin desarmar el edificio. De las aproximadamente 40.000 tejuelas del tejado se restauró una por una, y al final solo se cambió el 36 % de la madera.

La iglesia reabrió al público en julio de 2021, después de cuarenta años cerrada. Hoy solo acoge una liturgia al año, el 19 de agosto, fiesta de la Transfiguración. El resto de los días es un monumento: se entra, se mira hacia arriba y se sale en silencio.

Cómo llegar

Se llega en barco desde Petrozavodsk, con hidroalas que salen por la mañana y vuelven por la tarde, o en los cruceros fluviales que suben desde el Neva. La isla tiene un museo al aire libre con edificios de madera traídos de toda la región, y en verano conviene reservar con días de antelación: es uno de los destinos escolares y turísticos más solicitados de Carelia.

Quien vaya buscando la estela de la arquitectura religiosa rusa puede seguir por la iglesia de Koloménskoye, que apuntaba al cielo con piedra en lugar de madera, o recorrer el resto de nuestros lugares.

El Kremlin visto desde el puente flotante del parque Zariádiye, sobre el Moscova

Cuatro parques donde Moscú se toma un respiro

Un domingo de septiembre, en el parque Gorki, un hombre mayor juega al ajedrez con un estudiante bajo los árboles mientras, a pocos metros, una clase de baile ocupa la explanada del río. Por el Moscova pasan los barcos de recreo y en la orilla de enfrente los patinadores bajan hacia el puente. Moscú tiene fama de ciudad gris, pero los moscovitas viven media vida en sus parques.

Moscú tiene decenas de zonas verdes. Estos cuatro parques ofrecen, cada uno a su manera, una cara distinta de la ciudad.

Parque Gorki

Abierto el 12 de agosto de 1928 como gran parque de cultura y descanso, el Gorki se extiende a lo largo del Moscova y fue renovado a fondo a partir de 2011. Hoy combina paseos junto al agua, zonas deportivas, cafés y, en invierno, una enorme pista de hielo. Su pórtico monumental de entrada es uno de los iconos de la ciudad.

El pórtico monumental de la entrada principal del parque Gorki, en Moscú
La entrada principal del parque Gorki. Foto: Retired electrician (Wikimedia Commons, CC0).

Está en la orilla derecha del Moscova, junto al Anillo de los Jardines; las estaciones de metro Park Kultury y Oktiábrskaya son las más cercanas.

Zariádiye

Es el parque más joven del centro, inaugurado en septiembre de 2017 en el solar del antiguo hotel Rossiya, junto al Kremlin. Recrea en pocas hectáreas los paisajes de Rusia, de la tundra al bosque, y su puente flotante, un voladizo de hormigón sobre el río, ofrece una de las mejores vistas del Kremlin y de San Basilio.

El Kremlin visto desde el puente flotante del parque Zariádiye, sobre el Moscova
El Kremlin desde el puente flotante de Zariádiye. Foto: Bestalex (Wikimedia Commons, CC0).

Queda a un paso de la Plaza Roja, entre la calle Varvarka y el muelle del Moscova; la estación de metro más cercana es Kitái-Górod. A diez minutos andando, los Jardines de Alejandro continúan el paseo junto a la muralla del Kremlin.

VDNJ

La Exposición de Logros de la Economía Nacional nació en 1939 como gran feria agrícola de la Unión Soviética, y es un museo al aire libre de la arquitectura estalinista. Sus pabellones de las repúblicas, la fuente de la Amistad de los Pueblos, con sus dieciséis figuras doradas, una por cada república que formaba la URSS en 1954, y el cohete que se alza ante el pabellón del Cosmos merecen una tarde entera.

La fuente dorada de la Amistad de los Pueblos en el recinto de VDNJ, Moscú
La fuente de la Amistad de los Pueblos, en VDNJ. Foto: Dmitry Ivanov (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Está al norte de la ciudad, junto a la torre de televisión de Ostánkino, y se llega con la estación de metro VDNJ.

Sokólniki

Antiguo coto de caza de los zares, donde, según la versión más extendida, se criaban los halcones que le dan nombre, Sokólniki es el más boscoso de los cuatro. Sus avenidas en abanico se pierden entre pinos y abedules, y es el lugar perfecto para ver el Moscú más tranquilo, el de las familias, los ciclistas y los paseos sin prisa.

Queda al noreste del centro, junto a la estación de metro Sokólniki.

Preguntas frecuentes

¿Hay que pagar entrada en los parques de Moscú?

No. Los cuatro son de acceso gratuito; se paga el alquiler de bicicletas, algunas atracciones y los museos que hay dentro, como el del Cosmos en VDNJ.

¿Cuál es la mejor época para ir?

De mayo a septiembre, con los jardines en flor y las fuentes en marcha. En invierno el Gorki cambia de carácter: pista de hielo y paseos entre la nieve.

¿Cuál conviene si se viaja con niños?

Gorki y Sokólniki: zonas de juego, alquiler de bicicletas y espacio de sobra. VDNJ funciona mejor con niños algo mayores, por los museos.

Si hay que quedarse con uno, la elección depende del viajero: Zariádiye para la primera visita, Gorki para entender la vida de la ciudad, VDNJ para los curiosos de la historia soviética y Sokólniki para escapar de ella. El mejor consejo es más sencillo: dedicar al menos una tarde a cualquiera de ellos. Moscú se entiende mejor desde un banco del parque que desde la cola de un museo. Y si el paseo abre el apetito, en Lugares está el resto de la ciudad.

El muro de Tsoi en la calle Arbat de Moscú, cubierto de pintadas y mensajes

Cuando el rock soviético salió del sótano

En el número 13 de la calle Rubinstein, en Leningrado, una sala de actos con sillas de madera se llena hasta los pasillos. En el escenario, un grupo afina guitarras mientras un funcionario revisa las letras que han presentado por escrito. Los músicos han aceptado la censura a cambio de algo que hasta entonces no tenían: un escenario legal. Es la primavera de 1981 y acaba de abrir el Club de Rock de Leningrado.

De aquella sala salió buena parte de la música que acompañó a la Unión Soviética en su última década. No era un movimiento político, pero cambió la manera en que una generación hablaba de sí misma.

Un club con permiso

Antes del club, el rock soviético vivía en conciertos en pisos particulares, los kvartírniki, y en grabaciones caseras que se copiaban de cinta en cinta. El club, abierto el 7 de marzo de 1981 bajo la tutela de una casa de cultura, ofreció a los grupos un sitio donde tocar sin arriesgarse a una multa ni al cierre de la sala. A cambio, las letras pasaban por un comité. La negociación entre libertad y control marcó toda la década.

Cuatro nombres para empezar

  • Aquarium. El grupo de Borís Grebenshchikov, fundado a comienzos de los setenta, fue el patriarca de la escena: letras poéticas, influencias de Dylan y de los Beatles y un aire místico que lo distinguía de todos.
  • Kino. La banda de Víktor Tsoi, formada en 1981, convirtió el post-punk en himno generacional. A su historia le dedicamos un artículo propio.
  • DDT. Nacido en Ufá, el grupo de Yuri Shevchuk se instaló en Leningrado a mediados de los ochenta y aportó un rock más duro y una voz rasgada y combativa.
  • Nautilus Pompilius. Llegado de Sverdlovsk, la actual Ekaterimburgo, con Viacheslav Bútusov al frente, demostró que había vida rockera lejos de Leningrado. Sus canciones volverían a sonar en el cine de los noventa, en «Brat».
El muro de Tsoi en la calle Arbat de Moscú, cubierto de pintadas y mensajes
El muro de Tsoi en el Arbat, 2010. Foto: Hshuvaeva (Wikimedia Commons, dominio público).

De la cinta al estadio

Con la perestroika, a partir de 1985, el rock salió de los sótanos. Los grupos empezaron a grabar con sellos oficiales, a llenar estadios y a aparecer en el cine y en la televisión. Las canciones que antes circulaban en cintas copiadas sonaban ahora en todas partes, y algunas, como las de Kino, se convirtieron en himnos que se cantaban en la calle.

La década terminó de golpe. En agosto de 1990 Víktor Tsoi murió en un accidente de tráfico en Letonia, y en la calle Arbat de Moscú sus seguidores empezaron a cubrir una pared de mensajes. El muro de Tsoi sigue allí. Poco más de un año después, la Unión Soviética había dejado de existir.

Lo que dejó

Preguntas frecuentes

¿Por dónde empiezo si no conozco el rock soviético?

Por los cuatro nombres de esta lista: Aquarium para la poesía, Kino para los himnos, DDT para la rabia y Nautilus Pompilius para las melodías.

¿Por qué se llama «soviético» y no «ruso»?

Porque nació dentro de la URSS y se cantaba en ruso en casi todas sus repúblicas. Muchas de esas bandas siguieron tocando después de 1991.

¿Qué fue de Kino tras la muerte de Tsoi?

El grupo se disolvió. Tsoi murió en agosto de 1990 y sus compañeros no continuaron sin él.

El rock soviético de los ochenta no derribó ningún régimen, pero dio palabras a quienes vivieron su final. Sus letras hablaban de cambio, de cansancio y de libertad interior en un país donde esas palabras pesaban. Por eso sigue vivo: cuando un grupo de chavales canta a Kino con una guitarra en un parque ruso, no está escuchando música antigua, está repitiendo la canción que sus padres cantaron cuando todo empezó a moverse.

Vagones rojos del tren nocturno Flecha Roja entre Moscú y San Petersburgo

Dormir en un tren ruso y despertar a mil kilómetros

A las once y cincuenta y cinco de la noche, en el andén de la estación Leningradski, suena la música de siempre y el tren rojo arranca hacia San Petersburgo. Dentro, la revisora ya ha repartido las sábanas, alguien ha sacado el té y en el compartimento de al lado empieza una conversación que durará hasta Tver. Al amanecer, el viajero bajará en otra ciudad sin haber perdido un día: es la ventaja del tren nocturno.

En Rusia el tren nocturno no es una rareza para nostálgicos: es la forma normal de cubrir distancias que en Europa obligarían a coger un avión.

Las clases, explicadas

  • Platskart. Vagón abierto de literas, sin puertas: seis plazas por módulo, cuatro a un lado del pasillo y dos al otro. Es la opción más barata y la más social.
  • Kupé. Compartimentos cerrados de cuatro literas. El equilibrio entre precio, intimidad y ambiente; la elección más habitual para viajeros extranjeros.
  • SV. Compartimento de dos plazas, más espacioso. Algunas líneas añaden categorías superiores con baño propio.
Interior de un vagón platskart ruso, con literas abiertas a ambos lados del pasillo
Un vagón platskart. Foto: Michail Kalegin (Wikimedia Commons, CC0).

La provodnitsa y el agua caliente

Cada vagón tiene su revisor o revisora, la provodnitsa, que comprueba billetes y pasaportes al subir, reparte la ropa de cama, vende té y mantiene el orden. Conviene llevarse bien con ella. En un extremo del vagón hay una caldera de agua caliente, heredera del viejo samovar, siempre disponible para el té, la sopa instantánea o los fideos que media Rusia lleva en la maleta.

El té se sirve en vaso de cristal dentro de un podstakánnik, el portavasos metálico que se ha convertido en símbolo del viaje en tren. Muchos viajeros se lo llevan de recuerdo: se pueden comprar a bordo.

Consejos prácticos para el tren nocturno

  • Las literas de abajo son más cómodas y tienen un cajón para el equipaje debajo; las de arriba, más intimidad.
  • Lleva comida y algo para compartir: el tren es un lugar de conversación.
  • Ropa cómoda y chanclas: la gente se cambia nada más subir.
  • El billete es nominativo y se comprueba con el pasaporte; tenlo a mano.
  • Comprueba en el billete la hora y la estación de salida: en Moscú hay nueve estaciones de largo recorrido.

Cómo reservar

Los billetes los vende Ferrocarriles Rusos (RZD) en su web y en su aplicación oficial, además de en las taquillas de las estaciones, donde basta presentar el pasaporte. La web y la aplicación de RZD cobran a través de la red de pagos rusa, y las tarjetas Visa o Mastercard emitidas fuera de Rusia suelen ser rechazadas. Lo más seguro es comprar el billete en taquilla en efectivo, pagar con una tarjeta de un banco ruso o recurrir a una agencia que acepte pago desde el extranjero. Conviene reservar con antelación en verano y en los trenes con nombre propio, como la Flecha Roja. Y si es el primer viaje, la guía para viajar a Rusia en 2026 resuelve antes las dudas de dinero y papeles.

Preguntas frecuentes

¿Está incluida la ropa de cama?

Sí. La provodnitsa la reparte al subir y se recoge al final del trayecto; el precio del billete ya la incluye.

¿Puedo comprar el billete con una tarjeta española?

En la web de RZD, casi nunca. Lo más fiable es la taquilla de la estación, en efectivo o con una tarjeta rusa, o una agencia que acepte pago desde el extranjero.

¿Qué diferencia hay entre platskart y kupé?

El platskart es un vagón abierto de 54 literas, sin puertas, más barato y más social. El kupé es un compartimento cerrado de cuatro, con más intimidad y más precio.

Para trayectos largos, el Transiberiano sigue siendo la gran aventura: casi siete días de Moscú a Vladivostok en el tren Rossiya. Pero no hace falta tanto para entender el encanto. Basta una noche en litera entre Moscú y San Petersburgo para descubrir que en Rusia el viaje empieza al subir al tren, no al bajar de él.

Interior de la terminal B del aeropuerto de Sheremétievo, en Moscú

Cómo conseguir el visado electrónico para Rusia en cuatro días

El PDF ocupa una pantalla de móvil y lleva un código QR. No es un billete, ni una reserva de hotel, ni una carta de invitación: es el visado. Hace una semana, el viajero que hoy hace cola en el control de pasaportes de Sheremétievo rellenó un formulario en internet y pagó con tarjeta; hoy ese papel le abre la frontera. Así funciona el visado electrónico unificado de Rusia.

Es la forma más sencilla de entrar en el país para los ciudadanos de España y de otros muchos países. Estos son los datos que publica el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso en su portal oficial, verificados en octubre de 2026. Las normas cambian con cierta frecuencia, así que conviene comprobarlas siempre antes de viajar.

Lo esencial

  • Quién puede pedirlo: ciudadanos de 64 países, entre ellos España.
  • Validez: 120 días desde la fecha de emisión.
  • Estancia máxima: 30 días desde la entrada. El día de llegada y el de salida cuentan como dos días completos.
  • Entradas: una sola.
  • Precio: algo más de 60 dólares, tasas incluidas. La tarifa subió cerca de un 18% el 14 de octubre de 2026, así que conviene comprobar el importe exacto en el portal antes de pagar. Para los menores de seis años solo se pagan unos 2 dólares de gastos de transacción.
  • Plazo: se emite en un máximo de cuatro días naturales; hay que solicitarlo al menos cuatro días antes de la fecha de entrada.
  • Cuándo se puede pedir: como muy pronto, 86 días antes de la fecha de entrada.
  • Documentación: una fotografía digital y el escaneo de la página de datos del pasaporte. No hace falta invitación ni reserva de hotel. La ley exige, en cambio, un seguro médico válido en Rusia durante toda la estancia: el formulario apenas lo pide, pero en la frontera puede pedirse.
Interior de la terminal B del aeropuerto de Sheremétievo, en Moscú
La terminal B del aeropuerto de Sheremétievo. Foto: MBH (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

Paso a paso

En la práctica, el trámite se parece más a rellenar un formulario de aduana que a solicitar un visado: se tarda menos en pagar que en reunir la foto y el escaneo del pasaporte a la medida que pide el portal.

  1. Rellenar el formulario en el portal oficial del visado electrónico o en su aplicación móvil.
  2. Pagar en línea. El portal acepta tarjetas internacionales para esta tasa; el pago no se devuelve aunque se deniegue el visado.
  3. Recibir la notificación por correo o en la web. Si no llega en unas horas, conviene revisar también la carpeta de correo no deseado.
  4. Imprimir la notificación o guardarla en el móvil.
  5. Mostrarla a la compañía de transporte y al guardia de fronteras.

Por dónde se puede entrar

El visado electrónico solo es válido en los pasos fronterizos autorizados por el Gobierno ruso, una lista que no ha dejado de crecer y que ya supera el centenar. Incluye los grandes aeropuertos de Moscú, Sheremétievo, Vnúkovo y Domodédovo, el de Púlkovo en San Petersburgo y los de muchas otras ciudades, además de puertos y algunos pasos terrestres. Antes de comprar el billete hay que confirmar en el portal que el punto de entrada y el de salida figuran en la lista.

Con el visado resuelto quedan dos frentes: llegar y moverse. La guía para viajar a Rusia en 2026 cubre los vuelos con escala, el dinero en efectivo y el registro de viajeros; el tren nocturno explica cómo reservar litera sin tarjeta europea.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto se tarda en conseguir el visado electrónico?

El portal lo emite en un máximo de cuatro días naturales. Se puede pedir entre 86 y 4 días antes de la fecha de entrada.

¿Se puede entrar por tierra con el visado electrónico?

Solo por los pasos que figuran en la lista oficial. La mayoría de los terrestres quedan fuera, y los de Kazajistán y Bielorrusia exigen visado ordinario.

¿Qué pasa si me lo deniegan?

La tasa no se devuelve y el portal no suele explicar el motivo. Se puede volver a solicitar corrigiendo los datos, con margen sobre la fecha de viaje.

El visado electrónico ha simplificado mucho lo que antes era el trámite más engorroso de un viaje a Rusia. Bien preparado, se resuelve en una tarde. El único error caro es confiarse: un día mal contado en la estancia o un aeropuerto que no figura en la lista pueden arruinar el viaje antes de empezar.

Vista panorámica de la terminal del aeropuerto de Vnúkovo, en Moscú

Qué hay que saber antes de viajar a Rusia en 2026

El vuelo de Madrid aterriza en Estambul a media tarde. En la pantalla de conexiones, entre Bakú y Tiflis, aparece Moscú-Vnúkovo. Cuatro horas más tarde, el viajero cambia euros en el aeropuerto, porque sabe que su tarjeta no le servirá de nada al otro lado. Viajar a Rusia sigue siendo posible, pero ya no se parece a un viaje cualquiera por Europa.

Esta guía reúne lo práctico, sin entrar en política: cómo llegar, cómo pagar y qué papeles hacen falta. Los datos se han verificado en octubre de 2026 y pueden cambiar en cualquier momento, así que conviene revisarlos antes de comprar nada.

Antes de nada: la recomendación oficial

El Ministerio de Asuntos Exteriores español mantiene en sus recomendaciones de viaje el consejo de valorar no viajar a Rusia, por las dificultades de transporte y bancarias. Quien decida ir debe saberlo y registrarse en el Registro de Viajeros del ministerio.

Cómo llegar

Desde 2022 no hay vuelos directos entre la Unión Europea y Rusia: el espacio aéreo está cerrado en ambos sentidos. Hay que volar con escala en un país tercero. Las combinaciones más habituales desde España son:

  • Estambul, con Turkish Airlines o Pegasus, la ruta más utilizada.
  • Dubái, con aerolíneas del Golfo.
  • Belgrado, con Air Serbia.
  • Otras escalas posibles en el Cáucaso y Asia Central, como Ereván o Bakú.

Las aerolíneas de esos países suelen aceptar tarjetas españolas para comprar sus billetes. Las webs de las aerolíneas rusas, en cambio, no suelen admitirlas. Por tierra, todos los pasos fronterizos entre Finlandia y Rusia están cerrados desde el 15 de diciembre de 2023, y el Gobierno finlandés ha prorrogado el cierre hasta nuevo aviso; conviene informarse bien antes de planear cualquier otro paso terrestre.

Vista panorámica de la terminal del aeropuerto de Vnúkovo, en Moscú
La terminal del aeropuerto de Vnúkovo. Foto: Dmitry Boyarin (Wikimedia Commons, CC BY 2.0).

El dinero

Es la parte que más sorprende. Según Exteriores, las tarjetas Visa, Mastercard y American Express emitidas fuera de Rusia no funcionan en el país, ni para pagar ni para sacar dinero. Eso incluye las de bancos online.

  • Llevar efectivo suficiente para todo el viaje y cambiarlo en Rusia.
  • Ojo con el efectivo en euros. El Reglamento (UE) 833/2014 prohíbe exportar billetes en euros a Rusia. Hay una excepción para el dinero de uso personal del viajero y de sus familiares directos, y solo para los gastos del propio viaje. Conviene llevar una cantidad razonable y confirmarlo en la aduana antes de salir.
  • Algunos visitantes abren una tarjeta del sistema ruso Mir al llegar; es una opción que conviene consultar con antelación.
  • Reservar el alojamiento a través de plataformas que acepten pago desde el extranjero o pagar en destino.

Los papeles

Los ciudadanos españoles necesitan visado. La opción más sencilla es el visado electrónico unificado, que se pide en línea y permite estancias de hasta 30 días; lo explicamos en detalle en nuestra guía del visado electrónico para Rusia. Para moverse después por el país, el tren nocturno sigue siendo la opción más cómoda y la más rusa.

Preguntas frecuentes

¿Funcionan las tarjetas españolas en Rusia?

No. Las Visa, Mastercard y American Express emitidas fuera del país no sirven para pagar ni para sacar dinero, tampoco las de bancos online.

¿Hay vuelos directos de España a Rusia?

No desde 2022. Hay que volar con escala en Turquía, los Emiratos, Serbia o el Cáucaso.

¿Cuánto efectivo se puede llevar?

La Unión Europea permite el dinero necesario para los gastos del viaje. En la aduana rusa hay que declarar a partir del equivalente a 10.000 dólares.

Viajar a Rusia exige hoy más planificación que hace unos años, y cada viajero debe valorar la recomendación oficial. Para quien decide ir, la clave cabe en una línea: escala bien elegida, visado en regla y dinero en efectivo en el bolsillo. El resto de guías prácticas está en Viajar. Con eso resuelto, lo demás vuelve a ser un viaje.

La muralla roja del Kremlin vista desde los Jardines de Alejandro, con césped y árboles

Un paseo a la sombra de la muralla del Kremlin

Al dar la hora en punto, junto a la llama que arde frente a la muralla del Kremlin, dos soldados del regimiento presidencial levantan la pierna hasta la horizontal y avanzan a cámara lenta. Los turistas sacan el móvil; una pareja de recién casados deja flores sobre el granito. A pocos metros, los niños corren por el césped y los oficinistas comen en los bancos. Todo eso cabe en los Jardines de Alejandro.

Los Jardines de Alejandro son el parque más céntrico de Moscú: una franja verde entre la muralla roja del Kremlin y la plaza del Manège, abierta al público desde 1823. Pocos lugares de la ciudad mezclan con tanta naturalidad el paseo y la memoria.

Un jardín sobre un río

Bajo los parterres corre el Neglinnaya, el río que defendía el flanco occidental del Kremlin. Tras el incendio de 1812, cuando Moscú se reconstruía, el río se encauzó bajo tierra y el arquitecto Ósip Bove diseñó sobre él, entre 1821 y 1823, un jardín en tres tramos: el Superior, el Medio y el Inferior. El nombre homenajea a Alejandro I, el zar de la victoria sobre Napoleón.

De aquella época queda la gruta de las Ruinas, al pie de la torre del Arsenal Medio, decorada con fragmentos de los edificios destruidos en la guerra. Era un recuerdo romántico del desastre, y todavía funciona como tal.

Tumba del Soldado Desconocido, en los Jardines de Alejandro
La Tumba del Soldado Desconocido. Foto: Hans-Jürgen Neubert (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

La llama del soldado desconocido

En el Jardín Superior está la Tumba del Soldado Desconocido. Guarda los restos de un combatiente caído en la defensa de Moscú en 1941, trasladados aquí en diciembre de 1966, y su llama eterna arde desde el 8 de mayo de 1967. A lo largo de la muralla, bloques de pórfido rojo recuerdan a las ciudades héroe de la guerra. El relevo de la guardia se hace cada hora, de ocho de la mañana a ocho de la tarde, y es, para muchos visitantes, la escena más emocionante de Moscú.

Muy cerca se alza el obelisco erigido en 1914 por los trescientos años de la dinastía Románov. Los bolcheviques lo reconvirtieron en monumento a los pensadores revolucionarios, y en noviembre de 2013, tras su restauración, recuperó su aspecto original. Pocas piezas resumen mejor el siglo XX ruso.

Dónde está y cómo se visita

Los jardines se extienden a lo largo de la muralla occidental del Kremlin, entre la plaza del Manège y el muelle del Moscova. Las estaciones de metro Aleksándrovski Sad, Biblioteka ímeni Lénina, Arbátskaya y Bórovitskaya dejan a dos pasos. La entrada es libre. Por aquí, a través de la torre Kutafia y el puente de la Trinidad, se accede también a la visita del Kremlin.

  • Metro: Aleksándrovski Sad, Biblioteka ímeni Lénina, Arbátskaya y Bórovitskaya dejan a dos pasos.
  • Entrada: libre y gratuita. Solo se paga la visita al Kremlin, cuyas taquillas están junto a la torre Kutafia.
  • Arbat: desde la torre Kutafia, la calle Arbat queda a un paseo corto hacia el oeste.
La muralla roja del Kremlin vista desde los Jardines de Alejandro, con césped y árboles
La muralla del Kremlin desde los Jardines de Alejandro. Foto: Yuri D. K. (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

Preguntas frecuentes

¿Hay que pagar para entrar en los Jardines de Alejandro?

No. El jardín es de acceso libre y gratuito; solo se paga la visita al Kremlin, cuyas taquillas están junto a la torre Kutafia.

¿A qué hora es el cambio de guardia?

Cada hora en punto, de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Dura unos minutos y no hace falta reservar.

¿Cuánto tiempo hace falta para verlos?

Una hora basta para recorrer los tres tramos y ver la Tumba del Soldado Desconocido. Con dos, se puede añadir la gruta de las Ruinas y bajar al muelle del Moscova. Para seguir con la ciudad, la sección de Lugares reúne el resto.

Hay parques más grandes y más bonitos en Moscú, pero ninguno tan bien situado. Los Jardines de Alejandro son el lugar donde la ciudad se sienta a descansar a la sombra del poder y, al mismo tiempo, a recordar a sus muertos. Merece la pena volver a distintas horas: el mismo banco cuenta historias diferentes por la mañana y al caer la noche.

Monumento a Lev Yashin en el parque Dinamo de Moscú, con el portero representado en plena estirada

Lev Yashin: el portero que convirtió el mono negro en leyenda

El 23 de octubre de 1963, en Wembley, Inglaterra jugaba el partido del centenario contra un combinado del Resto del Mundo. Ganaron los anfitriones, 2-1. Lev Yashin, bajo los palos del combinado, no encajó ninguno de esos goles y se llevó una ovación que las crónicas de la época todavía cuentan. Llevaba el mono negro de pies a cabeza y, a veces, la gorra de lana. Un día antes había cumplido 34 años: nació en Moscú el 22 de octubre de 1929.

De esa figura salieron los apodos: Araña Negra, y también Pantera Negra. El mono daba la sensación de que llegaba a todo, y no era solo el color. Anticipaba, gritaba a la defensa, sacaba en corto o en largo y salía del área con una naturalidad que entonces resultaba casi una provocación. Muchos porteros esperaban el remate pegados a la línea. Yashin entendía la portería como el primer paso del ataque.

Lev Yashin, portero soviético, fotografiado en 1960 con el mono oscuro característico
Lev Yashin en 1960. Foto: Henk Lindeboom / Anefo (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0 NL).

El oficio de antes del mono

Venía de una familia obrera de Moscú. La guerra lo sacó de la ciudad: a los doce años acompañó a su padre a Uliánovsk, adonde habían evacuado la fábrica. A los dieciséis recibió la medalla «Por el trabajo valiente en la Gran Guerra Patria». El fútbol llegó por el ejército. En las tropas interiores de Moscú jugó en equipos del Dinamo hasta que Arkadi Chernyshev lo fichó para la cantera, y desde entonces no cambió de camiseta. Entre 1950 y 1970 —la despedida fue en 1971— fue un hombre de un solo club, el Dinamo de Moscú.

El relevo no fue limpio. El titular se llamaba Alekséi «el Tigre» Jómich, y mientras esperaba Yashin se puso también bajo los palos del hockey sobre hielo. En 1953 ganó la Copa de la URSS de ese deporte. Cuando Jómich se lesionó, la portería del fútbol quedó libre. La afición tardó en darlo por bueno. El campo, no.

Retrato de Lev Yashin, portero del Dinamo de Moscú y de la selección soviética
Lev Yashin. Foto: Ron Kroon / Anefo (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0 NL).

El otoño en que cambió el relato

Chile 1962 le había dejado un poso amargo. Parte de la prensa lo señaló tras la eliminación, y en la portería un fallo se recuerda más que cien intervenciones. El año siguiente cambió el relato. En diciembre de 1963 France Football le concedió el Balón de Oro. Ningún otro portero lo ha recibido. Wembley, ese mismo otoño, había sido la víspera: el mismo mono, ya no como el señalado de Chile sino como la medida del oficio.

Con la selección sumó 74 partidos: el oro de Melbourne en 1956, el primer Campeonato de Europa en 1960 —el formato aún no era el de ahora— y el subcampeonato de 1964. Jugó los Mundiales de 1958, 1962 y 1966; en Inglaterra la URSS acabó cuarta, lo más lejos que llegó. En México 1970 viajó de tercer portero y apoyo técnico. Ir en la expedición no es jugar, aunque el mito suela confundirlo. Con el Dinamo ganó las ligas de 1954, 1955, 1957, 1959 y 1963, y las Copas de 1953, 1967 y 1970.

La primera parte en Luzhnikí

El 27 de mayo de 1971, ante más de cien mil personas en Luzhnikí, un combinado del Dinamo se midió con un once en el que estaban, entre otros, Eusébio, Bobby Charlton y Gerd Müller. Yashin jugó la primera parte, dejó la portería a cero y salió a los 41 años. El relevo encajó después. El marcador había dejado de ser el asunto de la tarde.

Los últimos años fueron duros. En 1986, tras una tromboflebitis, le amputaron una pierna. Murió en Moscú el 20 de marzo de 1990, de un cáncer de estómago, y tuvo funerales de Estado como Maestro de Honor del Deporte de la URSS. La IFFHS lo eligió mejor portero del siglo XX, y desde 2019 el Balón de Oro entrega cada año el Trofeo Yashin al mejor portero. El premio alarga el apellido. Wembley, en cambio, cabe en una frase: no se quedaba a esperar el disparo.

Lev Yashin en 1962, archivo histórico de Moscú
Lev Yashin en 1962. Foto: Glavarchiv de Moscú (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).
La casa blanca de Tolstói en Iásnaia Poliana, rodeada de árboles

Por dónde empezar a leer a los clásicos rusos sin rendirse en la página diez

Casi todos los lectores tienen en casa una edición de Guerra y paz que nunca pasaron de la página cuarenta. Los nombres con patronímico, los apodos que cambian de un capítulo a otro y las mil páginas pesan tanto como el libro. Y sin embargo, quien entra en la literatura rusa por la puerta adecuada suele quedarse para siempre.

El secreto está en el orden. Empezar por lo breve, ganar confianza con los nombres y llegar a las grandes novelas con el oído hecho. Y elegir bien la traducción: las versiones antiguas, muchas de ellas hechas, según se suele señalar, desde el francés, explican parte de la fama de aburridos que arrastran estos libros.

Antes de empezar

Dos consejos sencillos. Primero, aceptar que cada personaje tiene varios nombres: Rodión Románovich Raskólnikov es también Rodia y Rodka, según quién le hable. Basta una lista en un papel para no perderse. Segundo, buscar traducciones directas del ruso, que hoy abundan en las editoriales españolas.

Un itinerario en ocho pasos

  1. Chéjov, cuentos. La mejor puerta: relatos breves, humor y tristeza a partes iguales. La antología Cuentos de Alba, con selección y traducción de Víctor Gallego, reúne sesenta.
  2. Pushkin, prosa breve. Los relatos de Pushkin son ligeros y fundacionales; sirven para ver de dónde sale todo lo demás. Su relación con España tiene historia propia, como contamos en Pushkin en Granada.
  3. Lérmontov, Un héroe de nuestro tiempo. Una novela corta, moderna y cruel, ambientada en el Cáucaso. Le dedicamos un artículo propio.
  4. Dostoievski, Crimen y castigo. La gran novela de entrada: un crimen, un detective y una ciudad asfixiante. En Alianza, traducción de Juan López-Morillas.
  5. Tolstói, Anna Karénina. Más accesible que Guerra y paz y no menos grande. Alba la publica en traducción de Víctor Gallego; Alianza, en la de Juan López-Morillas.
  6. Bulgákov, El maestro y Margarita. El diablo de visita en el Moscú de los años treinta. En Alianza, traducción de Amaya Lacasa.
  7. Dostoievski, Los hermanos Karamázov. Su obra más ambiciosa, para cuando el lector ya domina los nombres. Cátedra la publica con traducción y notas de Augusto Vidal.
  8. Tolstói, Guerra y paz. La cima, al final del camino. La traducción de Lydia Kúper, editada por El Aleph, es la que suelen recomendar los lectores exigentes.
La casa blanca de Tolstói en Iásnaia Poliana, rodeada de árboles
La casa de Tolstói en Iásnaia Poliana, donde escribió sus grandes novelas. Foto: Alexxx1979 (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Por qué este orden

El itinerario sube de lo breve a lo extenso y alterna autores para no agotar a ninguno. Chéjov y Pushkin acostumbran al lector a los nombres y al humor ruso, que existe y es abundante. Lérmontov introduce al antihéroe que luego Dostoievski llevará al extremo. Bulgákov hace de pausa luminosa antes de las dos montañas finales.

No hace falta leerlo todo seguido. Lo importante es no empezar por el final. Quien abre Guerra y paz sin haber pasado antes por Chéjov se enfrenta a una montaña sin botas; quien llega a ella con seis libros rusos a la espalda descubre que lo difícil ya lo ha hecho, y que solo le queda disfrutar de la cumbre.

Fachada de la estación Kazanski de Moscú, con su torre inspirada en la arquitectura de Kazán

Nueve estaciones para salir de Moscú hacia cualquier rincón del país

En la plaza Komsomólskaya, a media noche, tres relojes marcan la misma hora en tres fachadas distintas. A un lado sale el tren hacia San Petersburgo; enfrente, el que tardará una semana en llegar al Pacífico; un poco más allá, el que va hacia Kazán y el Volga. Entre ellos se cruzan maletas, abuelas con bolsas de comida y soldados de permiso. Es la llamada plaza de las tres estaciones, y es el mejor sitio para entender cómo funciona Moscú.

La capital tiene nueve grandes estaciones históricas, a las que en 2021 se sumó una décima, la Vostochni, en Cherkízovo. En las nueve clásicas la regla es sencilla: cada una lleva el nombre de la dirección hacia la que salen sus trenes, no del lugar donde está. En Moscú, una estación es una puerta, y el nombre dice hacia dónde se abre.

La plaza de las tres estaciones

La Leningradski es la más antigua. La proyectó Konstantín Ton, se construyó entre 1844 y 1849 para la línea que unía Moscú y San Petersburgo, y su edificio tiene un gemelo casi exacto al otro extremo de la vía. Enfrente está la Yaroslavski, con su fachada de cuento ruso firmada por Fiódor Schéjtel en 1904: de aquí parte el Transiberiano, el tren que cruza el país hasta Vladivostok y del que ya contamos su centenario. La tercera es la Kazanski, de Alekséi Shchúsev, con una torre que imita la de la fortaleza de Kazán.

La estación Leningradski de Moscú, de fachada clásica con torre del reloj
La estación Leningradski. Foto: Mike1979 Russia (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

La plaza está junto a la estación de metro Komsomólskaya, una de las más suntuosas de la red. Se recorre a pie en pocos minutos, aunque cruzar sus avenidas exige paciencia y pasos subterráneos.

Las otras seis puertas

  • Kíevski, junto al Moscova: trenes hacia el suroeste y el Aeroexpress a Vnúkovo. Su torre del reloj es una de las más fotografiadas de la ciudad.
  • Bielorusski: la puerta del oeste, hacia Smolensk y Minsk, y salida del Aeroexpress a Sheremétievo. Según la memoria popular, de aquí salieron los soldados en 1941 y aquí volvieron en 1945.
  • Kurski: trenes hacia el sur y hacia el este, con un edificio moderno de cristal que, según se cuenta, envuelve la fachada antigua.
  • Paveletski: hacia el sureste y el bajo Volga, además del Aeroexpress a Domodédovo.
  • Rizhski: nació para la línea de Riga y hoy mueve sobre todo trenes de cercanías.
  • Saviólovski: la más modesta, con trenes hacia el norte de la región de Moscú.

Conviene comprobar siempre en el billete de qué estación sale el tren: la confusión entre estaciones es el error más común del viajero, y entre algunas de ellas hay media hora de metro.

Fachada de la estación Kazanski de Moscú, con su torre inspirada en la arquitectura de Kazán
La estación Kazanski, en la plaza Komsomólskaya. Foto: Mike1979 Russia (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

Arquitectura para salir de viaje

Las grandes estaciones se construyeron cuando el ferrocarril era la forma más moderna de ser ruso, y sus arquitectos lo sabían. Cada fachada habla del destino: la Yaroslavski recuerda al norte de madera y monasterios, la Kazanski mezcla torres tártaras y moscovitas, la Kíevski se viste de clasicismo imperial. Son edificios para despedirse a lo grande.

Por eso merecen una visita aunque no se vaya a coger ningún tren. Una hora en la plaza de las tres estaciones enseña más sobre el tamaño de Rusia que cualquier mapa: basta ver salir, en direcciones opuestas, un tren hacia el Báltico y otro hacia el Pacífico.